26 de agosto, 2026
Miércoles: La tormenta y la orden de callar
Hoy la reflexión es un poco más larga — vale la pena leerla con calma, quizás con un café al lado.
“Y se levantó, y reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.”
Marcos 4:39 (RVR1960)
La escena completa está en Marcos 4:35-41. Jesús y sus discípulos cruzan el lago de Galilea en una barca, de noche, y se levanta una tormenta tan fuerte que el agua empieza a entrar. Los discípulos —varios de ellos pescadores de oficio, que conocían ese lago— están seguros de que van a morir. Y Jesús está dormido en la popa.
Lo despiertan casi con reproche: “¿No tienes cuidado que perecemos?”. Y él se levanta, y le habla a la tormenta como quien le habla a una persona: “Calla, enmudece”. El mar se queda quieto.
Lo que más me llama la atención no es el milagro — es que Jesús estaba dormido durante la tormenta. No la ignoraba: estaba en la misma barca, mojándose con la misma agua. Pero su descanso no dependía de que el mar estuviera calmado.
La mayoría de nuestras tormentas no son mares embravecidos — son más pequeñas y más constantes: una llamada del médico que no hemos hecho, una relación tensa en la familia, la cuenta bancaria que revisamos con miedo. Cosas que no se calman con una orden, y que a veces duran semanas o meses.
Pero la pregunta que le hicieron los discípulos —”¿no tienes cuidado?”— es la misma que a veces le hacemos nosotros, casi como un reclamo. Y la respuesta de esta historia no es “la tormenta ya pasó”. Es otra cosa: que él está en la barca. Que el descanso es posible incluso mientras el agua sigue moviéndose, porque no depende del mar, sino de quién está contigo en él.
Para hoy: piensa en la tormenta que llevas más tiempo cargando. No le pidas que se calme todavía — solo reconoce que no estás solo en esa barca.