28 de agosto, 2026

Viernes: Lo que aprendí en la sala de espera

Los viernes compartimos una historia — no de una persona en particular, sino de un momento que muchos hemos vivido de una forma u otra. Quizás te reconozcas en esta.

La sala de espera de un hospital tiene un tipo de silencio muy particular. No es calma — es un silencio tenso, lleno de gente mirando el teléfono para no mirarse entre sí, esperando que una puerta se abra y alguien diga un nombre.

Ahí es fácil que la cabeza se vaya a los peores escenarios. Se adelanta a noticias que todavía no existen, arma conversaciones que nadie ha tenido, decide cómo va a reaccionar ante algo que ni siquiera sabe si va a pasar. Dos horas de espera pueden sentirse como si ya hubieran ocurrido diez cosas malas, cuando en realidad no ha pasado nada todavía.

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”

Mateo 11:28 (RVR1960)

Este versículo no promete que la espera se acorte, ni que la noticia sea buena. Promete descanso en medio de ella — algo mucho más difícil de aceptar, porque significa soltar el control de un resultado que de todas formas nunca estuvo en nuestras manos.

Si esta semana tienes tu propia sala de espera —literal o no— quizás la invitación de hoy no sea a dejar de esperar, sino a esperar de otra forma: sin adelantarte a lo que todavía no ha pasado.

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